Cuando el liberalismo es dogma

Un artículo de la periodista Natalia Uval publicado el sábado 21 de enero en La Diaria, titulado Los vínculos de la ultraderecha española en Uruguay y su “guerra cultural”, informaba sobre la influencia que ejerce actualmente el partido español Vox a través de la fundación Disenso, promoviendo la formación de líderes en América Latina a partir de grupos conducidos por políticos, académicos y otros protagonistas locales afines a sus ideas.

El artículo señala que la mencionada fundación que opera a modo de think tank, lleva adelante dos iniciativas en esta región: Intercambio y participación con el denominado Foro de Madrid y un programa dirigido a la formación de jóvenes líderes. En Uruguay, ambos emprendimientos tendrían como actor político con participación activa al diputado del Partido Nacional electo por el sector del senador Juan Sartori, Pablo Viana.

El 26 de octubre de 2020, fue publicada por la Fundación Disenso la denominada Carta de Madrid que lleva, además de la firma del diputado blanco, las de otras personalidades, muchas de ellas ubicadas en la denominada extrema derecha de un abanico político latinoamericano, cuyo centro aparece cada vez más despoblado de ideas. Esa realidad, termina llevando a los votantes – que en general tienen mucho más clara su visión de la política y la sociedad de cómo políticos y encuestadoras lo perciben – a reacciones impredecibles y resultados desconcertantes en cada elección.

Decía Ramón Díaz que donde hay dos liberales suele haber dos opiniones y una sana discusión en ciernes. Los libres pensadores liberales han hecho del liberalismo una filosofía y un estilo de vida, abarcando una amplia gama de opiniones y también de discrepancias. Al decir del chileno Cristóbal Bellolio en su libro Liberalismo una Cartografía, decirse liberal es como apellidarse Pérez. Hay muchos, aunque no todos son iguales.  Sin embargo, hoy bajo el toldo de las denominadas “ideas de la libertad”, se han establecido personajes que en pos de sus ideales de apariencia liberal, parecen querer imponer criterios y formas de comportamiento que tienen mucho más de autoritarismo que de apertura de mente.

Partiendo de la definición de Alberto Benegas Lynch (h), de que ser liberal es mantener un respeto irrestricto por los proyectos de vida de los demás, consideramos que quienes se yerguen como dueños de la verdad y jueces inapelables de lo que representan el Estado de derecho, el derecho de propiedad, el concepto de familia, el derecho de los padres a elegir la educación que pretenden para sus hijos, etc., etc. deberían actuar más prudentemente.

Si bien tienen todo el derecho de expresarse públicamente y de pretender propagar su concepción de la cultura y de la vida si así la entienden, se equivocan al pretender hacer del liberalismo su bandera, camuflándose con esas ideas, sin dejar en claro con qué valores se identifican realmente y sin dar espacio a la discusión con ideas que les resultan disonantes.

Es en ese sentido que vemos importante señalar que compartimos con esos liberales ciertos conceptos. Por ejemplo, la importancia de un Estado de fuerte presencia en sus tareas esenciales pero reducido al máximo en lo que no es su verdadero cometido. O, en la apertura de mercados y en la defensa de una sociedad abierta que manifiestan querer instalar y defender.

En paralelo, nosotros deploramos los monopolios y oligopolios. Entendemos el derecho de los padres a decidir la educación que quieren para sus hijos, compatible con la responsabilidad del Estado de brindar las oportunidades para que esa educación sea viable y del mejor nivel, sin detrimento de la educación privada que al mismo tiempo pueda ofrecerse. En materia de propiedad privada que consideramos sagrada, es importante señalar que eso no significa que deba ignorarse su origen. El enriquecimiento basado en privilegios, amiguismos o directamente situaciones de corrupción, no cabe dentro del concepto de libre mercado y de defensa de la propiedad privada que caracterizan al liberalismo como nosotros lo entendemos.

Cuando se habla de defensa de la familia como algo concebible sólo de una manera “tradicional”- concepto que huele a patriarcado y a machismo – parece dejarse de lado la evolución cultural que hoy entiende otros conceptos de familia como válidos y establecidos.

 “Lo que siento en riesgo es que cada día hay como una posición políticamente correcta que procura acallar a las voces disidentes” declara Pablo Viana refiriéndose al accionar del Foro de San Pablo y el Foro de Puebla.

Pero ¿Qué pasa dentro del propio liberalismo y con las tan mentadas “ideas de la libertad”? ¿Aceptan algunos autodenominados liberales discrepancias o “disidencias”?

Desaparecido el comunismo y viendo cómo la política apunta cada vez más a ampliar la grieta y destruir el centro para lograr el poder, cabe preguntarse cuánto tiempo habrá de pasar para que unos y otros extremismos terminen de destruir la democracia.

En el epílogo de su libro Hegemonía, y en relación con las consecuencias de la pandemia y las extensas cuarentenas decretadas en muchos países, Federico Leich afirma que “La libertad de pensamiento y de las sociedades se ve amenazada por una nueva forma de autoritarismo. Su motor dialéctico es la manipulación. ¿Cómo es posible, si no, que los países acepten caer en este nivel de sumisión?”

Llegado este punto, cabe recordar lo ocurrido con la Italia de Benito Mussolini, quien partiendo como un humilde profesor y proveniente políticamente del socialismo, se convirtió en dictador con el respaldo cómplice de incontables descontentos y poderosos empresarios, que decían defender así los mismos valores que hoy señala el diputado Viana como estando en vía de extinción.

El mejor lugar para dar la pelea por las ideas de la libertad – si de verdad es esa la idea – es en el debate diario abierto, en los diferentes medios habilitados para eso, pero esencialmente en el Parlamento.

De eso tratan tanto la democracia, como las responsabilidades directas que asume un legislador al ser electo.

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