La inevitabilidad de la “sabana corta”

Mientras los dirigentes juegan a las escondidas y los medios de comunicación plantean el debate como si se tratara de un mero “show” televisivo, la realidad se presenta abruptamente sin filtro.

Casi todos los observadores se vienen dedicando a analizar todos los proyectos legislativos del oficialismo argentino como si fuera una interesante miniserie de suspenso en la que la siguiente escena está a punto de definirse.

Cada movimiento, cada declaración pública se traduce en artículos de opinión, investigaciones periodísticas y una infaltable seguidilla de versiones repletas de rumores de dudosa veracidad. Sirve para entretener a esos ciudadanos que les encanta seguir el “minuto a minuto”.

La realidad, mientras tanto, transita por otro lado. Una situación financiera terminal y un gobierno sin mayorías parlamentarias constituyen la expresión más elocuente de la fragilidad política y económica de este momento histórico.

Las intrigas están a la orden del día. Los realineamientos de los bloques partidarios, las alianzas que crujen y los actores aislados que intentan sacar provecho del desorden son parte de ese diálogo mediático que relata esta dinámica manteniendo en vilo a todos los interesados en el desenlace.

Los más fanáticos se divierten como si estuvieran presenciando una disputa deportiva festejando las humillaciones de los adversarios, haciendo memes y utilizando las redes sociales para emular una grotesca riña de gallos.

A estas alturas quizás convenga intentar sumergirse en la cuestión de fondo y dejar de lado la eterna superficialidad de una rivalidad bastante poco relevante que nada suma a la solución de los verdaderos desafíos.

Allí donde algunos prefieren ver circunstanciales victorias o indignas claudicaciones lo que realmente se está dirimiendo es la oportunidad y la magnitud de la imprescindible reducción del gasto estatal.

La retórica sobre la necesidad de desterrar el déficit fiscal y de nivelar las cuentas públicas empieza a encontrar consensos antes impensables. En el mundo y en la región es un asunto absolutamente zanjado, pero por aquí todavía quedan algunos marginales que insisten con tesis disparatadas.

Si las propuestas normativas son tan ambiciosas o quedan a mitad de camino respecto de sus aspiraciones originales en lo único que impacta es en cómo se reemplazarán estos ajustes en otras partidas diferentes, tanto ahora como después. En esto no hay magia alguna.

A cada argumento que se aplica para justificar la no intromisión con algún sector se le contrapone un inexorable dilema que tiene que ver con cómo se reemplazará esa restricción con otra alternativa equivalente.

Es una situación totalmente incómoda para casi toda la ciudadanía y no sólo para la política. Dar malas noticias y además explicar su pertinencia es una labor tremendamente ingrata que sólo genera un ejército de críticos.

Hasta los que reciben ciertos “privilegios” se animan a plantear acaloradamente sus discrepancias. Nadie quiere ser el blanco de los recortes presupuestarios y establecen entonces una suerte de competencia para que los cañones apunten a otros destinos.

Los gastos estatales se desbordaron, la nómina de empleados públicos excede las reales necesidades, la militancia partidaria ha tomado a los gobiernos como botín de guerra y la política ha decidido financiarse dilapidando los recursos de los contribuyentes sin ningún pudor.

Es hora de ponerse los pantalones largos. La política tradicional nunca supo hacerlo, ni tampoco tuvo la más mínima voluntad de intentarlo. Los tímidos ensayos del pasado han sido insuficientes frente a los desatinos de décadas.

Ante lo inevitable es el turno de hacer el ajuste. Se trata de cirugía mayor, con innegables consecuencias, traumática como toda restricción y controversial para los que se sienten víctimas de esta oleada, cuando otros son exceptuados a cara descubierta.

Los traficantes de influencias vienen trabajando duro para no caer ante este aluvión de la “motosierra”. Algunos probablemente logren sortear esta primera fase, pero saben que sólo han ganado un poco de tiempo.

Su talento para presionar, sus socios políticos y una comunidad que cede frente a muchas de las simpáticas narrativas que defienden intereses retorcidos permitieron por ahora suspender los efectos del alud.

Más allá de las tretas, de los atajos y operaciones de todo tipo, en algún momento habrá que hacer lo correcto. Hoy se presencia una versión parcial de lo que habría que hacer.

Si no se ha encarado la totalidad del problema es porque muchos no entienden las implicancias, otros no están dispuestos a reconvertirse y demasiados están cómodos con el “status quo”.

No importa donde se ubique la sábana, no logrará cubrir, en la analogía, todas las necesidades. Habrá que priorizar con inteligencia. La batalla del presente la vienen ganando los pícaros, los que se esconden detrás de discursos grandilocuentes que solo pretenden cuidar sus propias espaldas.

Las reformas ya han arrancado. Quizás no sean todas las imprescindibles, pero ya se ha dado el primer paso. Vendrán nuevas tensiones y todos seguirán a la defensiva atrincherados para imponer sus sectoriales motivos.

Lo que no se podrá eludir es el recorte final, ese que depositará al país en un nuevo equilibrio. Ese que busca ser el nuevo pilar del progreso, un ambicioso paradigma del desarrollo. Sin sensatez no hay porvenir posible.

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