Todos los caminos conducen hacia el iceberg

La atención de la opinión pública esta puesta en estas semanas en el eventual resultado de los comicios no sólo porque se define lo político sino por las implicancias que trae consigo para la vida cotidiana.

Los expertos aportan su mirada a diario tratando de entender primero y de explicar luego las diversas aristas y lo que podría ocurrir si el ganador de la confrontación en las urnas fuera uno u otro.

Es que los perfiles de los candidatos son bien diferentes en antecedentes, experiencia y propuestas. El que salga airoso de esta batalla tendrá la responsabilidad de hacerse cargo de la situación sin mucho margen de maniobra.

Uno de ellos, paradójicamente, heredaría buena parte de su propia medicina ya que la gestión actual a cargo de la cartera económica sólo ha intentado posponer los efectos de corto plazo y así esa dinámica tendría que resolverla el que la diseñó.

La otra alternativa es que tenga que tomar la posta alguien que deberá primero conocer el fangoso terreno de la realidad gubernamental para después iniciar su ambicioso proyecto.

Cualquiera fuera la decisión cívica y a pesar de las elucubraciones de los analistas, lo tangible es que con singularidades sobre las que se podría profundizar con lujo de detalles, lo que está germinando es un cimbronazo.

Se podrá teorizar en relación con el tamaño de esa colisión, los plazos involucrados y hasta la cadencia de esa turbulencia, pero emerge una abrumadora coincidencia acerca de que este incidente es inexorable e impostergable.

El próximo Presidente asumirá su misión en un contexto con algunas particularidades que le permitirían funcionar a pesar del oscuro escenario que se le presenta.

Dada la mecánica vigente para la elección, una vez conocidas las cifras que validan la voluntad popular, el elegido contará con un apoyo político muy relevante que además quedará plasmado con contundencia y legitimidad.

No sólo obtendrá el respaldo explícito de más de la mitad de los votantes, sino que, en muy pocas semanas, tendrá un acompañamiento adicional muy significativo de aquellos que, aun habiendo seleccionado a otro postulante en la previa, apostarán a que el desempeño del triunfador podría generar una perspectiva positiva. Necesitan creer por eso abren la posibilidad de un despliegue aceptable de cara al futuro.

Por otro lado, sea quien sea tendría 4 años por delante y eso por sí mismo se convierte en un incentivo para apoyar o al menos soportar. Eso plantea sustentabilidad institucional y más allá de la mentalidad conspirativa que siempre merodea, la evidencia empírica reciente convalida una tendencia a completar mandatos lo que ayudará a construir consensos.

Lo concreto es que el iceberg está a la vista. De hecho, el choque tiene hasta una fecha prevista y si bien el desenlace es incierto, no así su alta probabilidad de ocurrencia que es bastante predecible.

En ese marco la sociedad parece administrar bastante bien sus expectativas. Sabe que lo que viene será bastante difícil, que tampoco las soluciones serán mágicas y que aguantar la tormenta llevará un tiempo.

Algunos son muy optimistas y creen que a pesar de la inmensa cantidad de inconvenientes la salida será relativamente veloz y que en pocos meses se normalizará razonablemente. Otros, bastante más pesimistas, o quizás muy realistas, consideran que el año venidero será demasiado complejo y que casi todo encontrará un cauce recién luego de superado el 2024.

Nadie puede prever con exactitud cómo se desarrollarán los acontecimientos, pero existe un acuerdo bastante amplio sobre los escalones que habrá que sortear independientemente del horizonte temporal que cada uno imagine.

Lo que se avecina es un sinceramiento de las variables económicas. Los precios relativos están absolutamente distorsionados y es inviable continuar con este esquema tan intrincado como ridículo. Sólo se puede decodificar el presente por las reglas que impone una campaña proselitista que precisa esconder problemas.

Esta impronta artificial por la que todo está atado con alambres, en la cual el equilibrio es completamente inestable y además falsificado ha permitido llegar hasta aquí agónicamente y con consecuencias terribles que los seguirá pagando la ciudadanía de aquí en adelante.

Las angustias están a la hora del día. Salarios que no alcanzan, descapitalización constante de las economías familiares, aumento de los niveles de endeudamiento personal, empresas frágiles y una esperanza muy lastimada que detrae energías para enfrentar un porvenir que por ahora luce opaco.

Se aproxima una devaluación que está parcialmente consumada en los hechos. Sólo resta blanquearla para que todo lo discrecionalmente adulterado opere como corresponde. Cuando eso suceda muchos precios se incrementarán y la recesión que hoy se disimula con la nominalidad tomará una dimensión vertiginosa.

Más inflación y un ajuste ineludible, una reducción considerable del gasto estatal con quita de subsidios incluidos, precios más elevados, pero con disponibilidad de mercancías es sólo una parte de lo que sucederá.

No importa quien gane. Eso igualmente brotará. La gente lo sabe, los mercados también. Esta farsa montada durante años pronto llegará a su fin para que luego de una tempestad que tendrá irremediablemente perdedores, los argentinos puedan dar vuelta la página y comenzar otra etapa muy dura, con traumas, pero definitivamente más promisoria.

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