El profundo desconocimiento de la dinámica institucional

Puede resultar increíble, pero demasiadas personas que genuinamente aspiran a transformar la realidad no comprenden el marco fundamental sobre el que funciona una sociedad.

Nadie pretende que la ciudadanía en general sea una experta en asuntos públicos. No sería razonable esperar semejante dominio sobre materias tan complicadas. Quienes pretenden ocupar lugares relevantes en los gobiernos deberían ser más consecuentes y aprender lo suficiente como para poder expresar sus concepciones con cierto sustento.

Es normal que quienes no integran un ecosistema tiendan a simplificar lo complejo. El escaso manejo acerca de cuestiones instrumentales básicas lleva a pensar que abordar cambios es un trámite absolutamente menor. Bajo ese paradigma todo es mucho más simple de lo que parece.

La mirada externa siempre ayuda a observar aristas qué desde adentro, a veces, no se logran identificar y por eso es vital el aporte de los “nuevos”, esos que sin tantos prejuicios se permiten analizar fuera de las estructuras tradicionales, pero esa situación de enormes oportunidades no destruye normativas, ni anula lo imperante por mero capricho.

Encarar reformas implica conocer a fondo las problemáticas que se desean solucionar, pero también conlleva revisar en detalle el camino crítico que se debe recorrer para lograr la meta anhelada. Hablar sin el respaldo de un conocimiento más técnico puede derivar en una detestable charlatanería.

Todas las ideas frescas son bienvenidas. De hecho, las grandes invenciones fueron mayoritariamente esbozadas por individuos que se permitieron reflexionar con menos limitaciones y pudieron innovar. Pero la implementación de cualquier novedad requirió luego de un elevado estándar de involucramiento para lograr operativizar esa visión disruptiva original.

En la política contemporánea emergen personajes a cada instante. En algunos casos han surgido como algo diferente para luego esfumarse después de un paso muy fugaz por esa actividad. Otros aparecieron como un suceso para mimetizarse rápidamente con lo existente y perder su atributo inédito a gran velocidad.

Lo preocupante es la superficialidad con la que algunos hablan de ciertos tópicos y el efecto que eso genera en una comunidad que está ávida por resolver sus dilemas. La imperiosa necesidad de superar las adversidades invita a muchos a creer en fantasías y a “comprar” argumentos lineales que no encajan en el mundo real.

Los países tienen normas vigentes, constituciones, leyes, decretos, resoluciones, ordenanzas, usos y costumbres, hábitos culturales, en definitiva, reglas escritas y de las otras que rigen su accionar cotidiano. Por mucho que se intente ignorar su existencia eso no las hace desaparecer.

Para modificar el presente se deben sortear algunos escollos, muchos de esos son formales e imprescindibles, requieren el cumplimiento de procesos, que por burocráticos que parezcan son inevitables para no romper con un esquema de convivencia que se apoya en una alta dosis de racionalidad republicana.

Ciertas trabas que esos engranajes plantean han sido colocadas allí por quienes creen que el poder concentrado en pocas manos es muy peligroso porque inexorablemente ha llevado, a lo largo de la historia, hacia abominables autocracias que culminaron con irreparables consecuencias.

No están esos mecanismos allí configurados por casualidad, sino porque justamente pueden evitar los recurrentes intentos dictatoriales de los iluminados que nunca faltan y que prefieren imponer sus miradas por la fuerza a conseguir adhesiones negociadas civilizadamente.

El delirio de que los comicios se han instaurado para elegir una suerte de monarca es completamente disparatado. Por personalista que sea la inercia de los gobiernos en estas latitudes, los cargos son transitorios, tienen fecha de vencimiento y son una delegación que los ciudadanos transfieren por un tiempo acotado a quienes administrarán sólo por un breve período ciertos temas de interés cívico.

No es un cheque en blanco, tampoco un reinado, sino solamente un espacio a préstamo para intentar hacer lo que se ha propuesto y que la gente legitimó en las urnas, pero que podrá revocar por múltiples procedimientos ya previstos. No se trata de una decisión eterna, ni de algo irreversible.

Tal vez antes de repetir grandilocuentes y superficiales frases o garantizar lo inviable, valga la pena estudiar mucho más. Si se parte de la buena fe de los interlocutores ansiosos de aportar mejoras quizás haya que avisarles que el sistema no sólo tiene anticuerpos para resistirse a las mutaciones, sino que además dispone de sofisticadas reglas de juego que si no se respetan ellas mismas se ocupan de boicotear cualquier intento, inclusive aquellos liderados por los bienintencionados.

En un país federal, con gobiernos jurisdiccionales, legislaturas locales a nivel provincial y municipal, prometer transformaciones mágicas es producto de una profunda ignorancia o de una deshonestidad intelectual repugnante. Es de esperar que quienes desean mejorar lo actual cuenten con la responsabilidad que la gravedad de la coyuntura amerita.

El problema no es que una andanada de flamantes protagonistas aterrice en la política. Eso puede ser muy saludable en la medida que quienes lo hagan tengan el equilibrio suficiente para no convertirse en una burbuja repleta de golpes de efecto que termine en una edición distinta de la reiterada frustración social. No es oportuno y sólo hará que se tropiece, agudizando el desprestigio de una democracia ya demasiado frágil.

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