El arte de administrar la transición

Se pueden apreciar con claridad dos planos bien diferenciados. Los dirigentes manejan sus particulares tiempos y los ciudadanos transcurren su día a día sin pausa alguna. Esa cruel dinámica sólo es una muestra más del inadmisible divorcio entre los líderes y la realidad que sufren los mortales.

En un año tan electoral como este los partidos y las alianzas miden sus pasos milimétricamente. Cada movimiento requiere de minuciosos cálculos y es así como la agenda nunca encastra con las indisimulables necesidades de la sociedad sino inexorablemente con las mezquinas conveniencias de cada espacio.

Mientras tanto cada individuo, cada familia, cada organización privada vive al ritmo de su propia coyuntura, lidiando con las penurias que la seguidilla de pésimas gestiones gubernamentales ha ocasionado sucesivamente sin contemplaciones y tratando de adivinar o proyectar lo que podría ocurrir mañana mismo.

Es evidente que son panoramas absolutamente disociados y tal vez eso explica buena parte de la problemática de fondo. Al recorrer lógicas tan contrapuestas resulta imposible caminar en sintonía fina, comprenderse mínimamente y entonces esperar un acercamiento parece un delirio.

No es que esto vaya a modificarse pronto, pero al menos tener suficientemente claro lo que acontece ayuda a colocar las expectativas en un lugar más razonable que el que ofrece la crítica inconducente que sólo permite hacer un poco de catarsis pero que no soluciona nada.

Dada la cercanía con la fecha de los comicios, los políticos transitan por su propio mundo. Internas feroces, intrigas permanentes y luchas intestinas seguirán siendo protagonistas de su perversa rutina, al menos hasta que los plazos formales le pongan un límite.

Ellos están enfocados en ese único propósito que define su propio porvenir personal. El resto les resulta completamente irrelevante en el contexto y por lo tanto no se encuentra en su radar, ni demandará demasiada atención de su parte.

Por esos motivos es que todos, de una manera muy singular tendrán que afrontar sus propios retos observando lo que pasa y tomando decisiones indelegables en base a lo que imaginan que podría acaecer en algunos meses más cuando la niebla política se disipe y se puedan identificar rumbos con mayor certeza y menor margen de error.

Los más cautos irán por la opción de no hacer mucho, de quedarse quietos. Prefieren aguardar sin asumir grandes determinaciones. Consideran que los riesgos son demasiados y que emprender cualquier sendero ya es muy temerario. Entienden que en instancias como las presentes es mejor ser excesivamente prudentes que valientes.

Otros están convencidos que permanecer inmóviles no es una alternativa potable y que lo correcto es visualizar los escenarios probables, evaluar las posibilidades disponibles y a partir de allí seleccionar aquella que parezca más atinada.

A pesar de las dificultades cotidianas, de los innumerables malos pronósticos y de la incertidumbre reinante que agobia, la variante estática se presenta inclusive, para algunos, como la de mayor peligro. Afirman que el tiempo insumido no volverá atrás y ese es un factor que jamás debería ser ignorado a la hora de analizar la estrategia óptima.

La respuesta más acertada quizás no exista, al menos no por ahora, pero indudablemente habrá que adoptar alguna clase de actitud. Cualquiera sea ella involucraría una cierta amenaza porque el futuro es siempre un gran misterio, inclusive cuando todo parece muy claro.

Las perspectivas de corto plazo son tumultuosas, ya que las soluciones planteadas apuntan a otra etapa posterior y eso significa que habrá que convivir con todos los problemas vigentes por lo menos unos cuantos meses más.

Ninguna de las tragedias actuales será superada pronto. No está en los planes de nadie. Ni siquiera está previsto abordar esos dilemas con seriedad a la brevedad. Cuando las urnas hablen, casi sobre el final del año, existe una chance de que vuelvan al ruedo. En el mejor de los casos sería un éxito que la situación no empeore y todos lo tienen procesado.

Al final del día sólo habrá una meta. Sobrevivir a esta ridícula transición que es tal sólo por cuestiones institucionales y políticas. El gobierno no está trabajando para modificar la realidad ni para mejorar las condiciones de vida de los habitantes de este país. Sólo se esmeran en no complicar más aun los dramas y, bajo ese esquema, aspiran a obtener un triunfo electoral o al menos una derrota digna. No los obsesiona la gente, ni tampoco sus eventuales vicisitudes. Su única preocupación tiene que ver con el control del poder.

Por ello, los que verdaderamente tendrán que poner su energía y talento para superar este período funesto, son los ciudadanos y las empresas, que tienen que aguantar estoicamente hasta que la ruleta democrática brinde su veredicto y se pueda hablar en serio de programas concretos que ayuden a enfrentar con contundencia esos asuntos que han sido postergados una y mil veces durante décadas.

Administrar esta circunstancia no será fácil y aunque no se trata de una instancia novedosa para los lugareños de estas latitudes, esta vez pareciera que la parada está repleta de escollos adicionales y de agravantes que complican la travesía.

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