El centralismo es parte del problema estructural

Se ha convertido en un drama nacional. Más allá de los condicionamientos históricos y de la dinámica tradicional parece inexplicable que no exista una resistencia manifiesta a las caprichosas imposiciones que provienen desde la capital.

No hay intención de discutir las raíces de esta tragedia. Tiene que ver claramente con el origen de la organización nacional, con un esquema económico que invitaba a transitar esa mecánica, pero también se ha instalado como una suerte de mandato constante que algunos prefieren ignorar.

Por incómodo que suene, algunos “porteños” se creen superiores. No necesariamente los que nacieron allí sino sobre todo los que vivieron durante una larga temporada en ese espacio suponen estar un escalón o varios por encima del resto. No lo reconocerán públicamente porque saben que podría resultar desagradable, pero igualmente es lo que piensan en la intimidad.

El acceso a los mejores servicios de salud, educación y lo que fuere, esa suma de edificios que emerge con trascendencia y que todos admiran, lo propio de una metrópoli con mayúsculas los hace sentir de ese modo, frente a las inocultables carencias de muchas otras regiones.

En la misma línea, quienes están radicados en el mal llamado “interior” y sobre todo quienes no han siquiera conocido en profundidad a esa ciudad magnífica, se sienten en desventaja y eso tampoco lo pueden disimular.

Bajo estos paradigmas se establece una peligrosa relación de poder que atraviesa a toda la sociedad. No solo pasa en la alta política, sino que ocurre en casi todos los ámbitos. Cualquier diálogo coloquial parece tender a establecer esa supremacía en la que unos ordenan a otros y sólo cabe alinearse a las demandas centrales.

No menos cierto es que una especie de complejo casi ancestral merodea en quienes parecen sentirse inferiores. Ellos también son cómplices de este engendro. No sólo aceptan mansamente esta inercia, sino que a veces la fomentan otorgándoles potestades en decisiones que no ameritan.

Lo paradigmático es que esa manera de interpretar el presente no encastra para nada con el nacimiento de esa fabulosa confederación que entendía el enorme valor de cooperar, de unirse, de acordar para constituir una nación grandiosa.

En un momento muy particular, quizás de debilidad intelectual, algunos creyeron que era vital concentrar las determinaciones en pocas manos, delegaron sus derechos y dieron paso a una situación que no sólo permanece intacta, sino que se agrava a diario.

Es increíble ver como los que residen en la “gran ciudad” pretenden dar órdenes y como los serviles del otro lado obedecen como si eso fuera lo correcto. Son todos ciudadanos, iguales ante la ley. No hay privilegios para unos y un destino servil para los otros.

Pero claro eso requiere ser entendido como proceso, asimilado como realidad y luego aún falta el coraje suficiente para ponerle límite a los atropellos. Frente a cada intento de establecer reglas unilaterales debería surgir una fuerza equivalente que fije la frontera y permita comprender el valor de la negociación y el consenso.

En tiempos electorales esto toma más fuerza. Candidatos elegidos a “dedo” desde las cúpulas, amiguismos que reemplazan a la meritocracia, berrinches propios de los déspotas son solo parte del paisaje cotidiano.

Nadie se opone demasiado tampoco. Parece mejor victimizarse y bajar la cabeza que poner el cuerpo y denunciar a los bravucones que se atribuyen un poder divino que nadie sabe dónde ha nacido.

Este país fue importante cuando los actores institucionales hacían su trabajo, cuando las provincias eran importantes y sus gobiernos locales tenían peso propio. Cuando se quebró ese paradigma empezó la debacle.

Tal vez sea hora de revisar esas prácticas que se han normalizado y replantear el escenario. Aquella consigna que sostiene que en CABA se decide mejor es absolutamente refutable. El desconocimiento profundo que tienen del territorio quienes han vivido allí y solo viajan a algunas localidades para decir que conocen todo es una parodia.

Todo es más complejo de lo que parece y el federalismo ha sido quizás la guía más sabía que se haya adoptado cuando todo empezaba. Luego las mezquindades y las luchas minúsculas lograron aplastar ese mecanismo tan exitoso y comenzó una etapa funesta que aún perdura hoy.

Es hora de barajar y dar de nuevo, de ponerle freno a los prepotentes y aunque se puedan perder batallas en ese devenir hay que asumir con hidalguía que es mejor pagar el costo de la libertad que claudicar por una ventaja de corto plazo.

Hay que recorrer el camino de recuperar los derechos que la Constitución Nacional prevé para las provincias, interrumpir esa aberración, retomar las riendas de la recaudación impositiva para tener independencia y abandonar el patético desfile de funcionarios locales en los pasillos de la “Casa Rosada” y sus múltiples filiales repletas de mediocres amigos del poder de turno.

No hay que pedir permiso. Hay que avanzar, diseñar un proyecto local propio y articular lo que sea necesario, pero eso no implica someterse sino acordar y entonces la conversación es de pares y no de súbditos como ahora.

El desafío es grande, pero sin ese intento todo seguirá igual y no habrá mucho derecho a protestar. La cobardía no es una virtud y nadie puede ampararse en esa lógica para explicar sus propios fracasos. En todo caso quienes hagan el intento tendrán la autoridad moral para explicar lo que están haciendo, aunque el resultado no sea el óptimo. Se llama dignidad.

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