Graffittis

Una moda que desde hace décadas se dedicó a devaluar zonas en algunas metrópolis de Europa y Estados Unidos y es especialmente visible en ciudades como San Pablo en Brasil, irrumpió en estos días en Montevideo.

Barrios como Centro y Cordón aparecen como los primeros objetivos de personas que desde el anonimato y en un absoluto menosprecio por la propiedad privada y el elemental civismo que la vida en sociedad exige, se han dedicado a enchastrar fachadas de diversos edificios, sin autorización alguna.

Es inadmisible que esta forma de expresión pretenda practicarse violando sin escrúpulos los derechos de los afectados, sean estos propiedad privada o espacios públicos, convirtiendo el hecho en una clara agresión y en un daño, que debe ser reparado.

De comprobarse la sospecha de que podría haber extranjeros con experiencia en esa “especialidad” entre los involucrados, la situación podría tener derivaciones todavía más complejas.

Desde Libertad Responsable, hacemos nuestras las palabras del ministro de Educación y Cultura, Pablo da Silveira, quien expresara que: “Pintarrajear a prepo una casa ajena no es libertad, es prepotencia. Poner límites a ese abuso no es autoritarismo, sino amparar a los agredidos”.

No hay nada de malo en expresarse. Por otra parte, el arte mural – incluido el que se encuadra dentro del área de los graffitis – es valioso y culturalmente plausible.

Pero, de ninguna forma, pasando por encima de las más elementales normas de convivencia.

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