Así lo diría Discépolo

Insistir en marcar con etiquetas de derecha o izquierda a los diferentes gobiernos latinoamericanos, es hoy por hoy una calificación en desuso.

Habida cuenta de esta realidad, prestigiosos medios de prensa de la región y el mundo han coincidido en denominar a los nuevos gobiernos – otrora llamados de derecha por oposición al populismo y a las dictaduras de izquierda – adicionando la palabra “extrema”.

La Real Academia Española, define la palabra “extrema”, entre muchas otras y diversas acepciones, como “punto último a que puede llegar algo”.

Vale decir que, cuando se habla de extrema derecha, se habla casi que del fin de la democracia y del inicio de la opresión ligada al autoritarismo.

En el otro extremo, a partir de la desaparición del comunismo y la caída del Muro de Berlín, la extrema izquierda ha desaparecido del espectro y ya nadie la menciona; simplemente no existe.

Los Castro, los Ortega y los Maduros de la vida, dictadores todos, no pueden ser situados en ningún extremo. La extrema izquierda dejó de existir y ellos tildan de extrema derecha a cualquier gobierno democrático que discrepe con la tiránica conducción que ejercen en sus respectivos países. Esos territorios son ahora sus feudos personales, sólo compartidos con sus socios y amigos, a fuerza de despotismo y terrorismo de Estado.

En su origen, la izquierda y la derecha surgieron como el antagonismo entre aquellos integrantes de la burguesía que desde el liberalismo y la defensa del libre comercio buscaban el establecimiento de una monarquía constitucional y quienes pretendían la instalación de una república que sustituyera al rey por el Estado. Todos ellos estaban a favor de quitar a la casta gobernante sus absurdos privilegios. De los fermentales debates de ambos grupos surgió la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. El sitio donde se desarrollaba esa polémica era la Asamblea Nacional francesa, en la primera etapa de la Revolución.

Hoy en día, abstrayéndonos de la costumbre de denominar derecha o izquierda a ciertos grupos políticos por obra y gracia de la costumbre establecida, las cosas parecen no haber cambiado mucho en cuanto a la división de la sociedad, aunque sí su realidad.

La elección recientemente acontecida en la República Argentina mostró a un ministro de Economía devenido en superministro, presidente de facto y candidato presidencial. El ministro candidato utilizó todo el poder del Estado para el logro de sus objetivos en la campaña electoral, que terminó batiendo el récord mundial en lo que a costos de campañas electorales refiere. No importó que el país estuviera al borde de la hiperinflación, con más de 40% de pobres y 11% de indigentes. Junto con el ministro, múltiples empresarios prebendarios, sindicalistas y demás amigos del poder, intentaban mantener sus privilegios a cualquier precio.

Llegados al gobierno a fuerza de populismo, se habían convertido en la casta aristocrática que caracteriza a los dueños del poder, en complicidad con millones de dependientes directos, convertidos al kirchnerismo a fuerza de dádivas y subsidios de todo tipo y color financiados por todos los argentinos. Esa estrategia mantenida durante décadas terminó destruyendo la producción, ahogando a las pymes y volviendo a los individuos rehenes del sistema.

Un artículo de Pedro Tristant publicado en Infobae el 24 de octubre, informaba que para José (Pepe) Mujica el triunfo provisorio del candidato de Unión por la Patria, Sergio Massa, en la elección general, no había sido una sorpresa. “La Argentina es una cosa indescifrable porque es un país que tiene una mitología. ¿Cómo se explica que el ministro de Economía, con una inflación como tienen, va a pelear la presidencia? ¿Sabe por qué? Porque tiene el respaldo de una cosa que no está conforme con él pero que lo va a votar. Se llama peronismo”

En realidad, tal vez se apuró a opinar. Pocas semanas después, ante la derrota de su candidato en el balotaje – a quien dijo “votaría con las dos manos” si fuera argentino – el mismo expresidente uruguayo abrió su programa semanal en Radio 10 diciendo: “Buenos días en un tiempo complicado. Hemos todos sufrido una contrariedad política de carácter gigantesco”.

Y agregó: “Tenemos que aceptarlo porque es una decisión de la mayoría del pueblo argentino y el pueblo tiene todo el derecho a equivocarse”.

Si puede parecer antidemocrática la opinión de Mujica de que si pierde su elegido es porque el pueblo se equivoca, más preocupante resulta su pronóstico: “Vienen horas que hay que luchar por resistir y hay que luchar por no caer en la violencia…Seguramente la resistencia del pueblo argentino va a estar expresada en las calles y seguramente el fanatismo en la posición conservadora puede llegar a cometer el error de utilizar los recursos represivos del Estado”

En 1973, gracias a la “resistencia” tupamara de la que el expresidente fuera participante activo, los uruguayos todos iniciamos un período de oscurantismo y terrorismo de Estado que duró más de una década. Mujica que sin duda vivió un calvario transitando ese camino, parece no haber cambiado de criterios cuando aconseja resistir y luchar hasta arriesgar el Estado de derecho porque no le gusta quien ganó.

Curiosamente, cuando una tanqueta atropelló a varios manifestantes que protestaban contra el gobierno hace algunos años en Caracas, el mismo Mujica lo justificó comentando que nunca es aconsejable pararse delante de una tanqueta, restando importancia a la brutal represión y al terrorismo de Estado descaradamente consumado en Venezuela. 

Mujica se muestra frustrado y algo violento tal vez, porque como consecuencia directa del resultado de la elección argentina, el otro gran derrotado es el vetusto y fracasado Foro de San Pablo que también integra.

Todos los esfuerzos del actual presidente de Brasil, Luis Ignacio Lula Da Silva por sostener a sus camaradas argentinos kirchneristas en el poder fracasaron estrepitosamente, dejando en evidencia la verdadera realidad de los adherentes a ese club.

La dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela – también integrante del Foro de San Pablo – ha desangrado aquel hermoso país social y económicamente.

Un nivel de pobreza escandaloso – cuyas verdaderas cifras se desconocen – y más de siete millones de venezolanos en el exilio, alcanzan para medir resultados. Y es en ese contexto miserable donde una casta privilegiada, la “izquierda caviar”, vive en la opulencia y el lujo desmedido autoproclamándose “defensora del pueblo”.

Lula Da Silva llegó al poder en Brasil derrotando a Jair Bolsonaro por una mínima diferencia. En una de sus primeras gestiones, reestableció las relaciones diplomáticas con Caracas, declarando urbi et orbi que la crisis humanitaria de los últimos años en Venezuela era en realidad “una narrativa que decía que el Gobierno de Maduro era antidemocrático y autoritario”.

Si un artista plasmara la escena electoral argentina actual para compararla con las de la Revolución Francesa más de doscientos años después, es obvio que Massa se vería como el rey o emperador. Sus amigos entre los que se cuentan Pepe Mujica y Lula Da Silva, estarían con él, defendiendo privilegios en aras del bien común y los “derechos del pueblo”.

Sin percatarse, aquellos revolucionarios se volvieron “conservadores”.

Y quien resultara ganador de la elección, el verdadero revolucionario del siglo veintiuno, acompañado por sus supuestamente “equivocados” seguidores, surge de la burguesía señalando y prometiendo acabar con la casta y sus prebendas.

Nadie sabe bien quien es Milei, pero el pueblo argentino lo eligió y los actuales conservadores manifiestan espontáneamente su sorpresa y resentimiento.

Fiera venganza la del tiempo…

Así lo diría Discépolo, ese filósofo del pueblo que lo debe estar disfrutando.

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