La suerte no alcanza para explicar el éxito

Este es un tema demasiado cotidiano y absolutamente transversal a toda la acción humana que ha sido motivo de diversas teorías pero que suele ocultar múltiples prejuicios y que algunos lamentablemente utilizan para justificar sus habituales desaciertos. 

Los que triunfan saben con exactitud de qué se trata. Ellos conocen el paso a paso en detalle, han pasado por todas las etapas y no sólo por esas en las que abundan los aplausos, sino por las más difíciles, las que están repletas de tropiezos y sinsabores, esas fases que muchos desconocen y jamás visualizan, pero que definen en buena medida el trayecto.

Sin embargo, los que no conquistan el objetivo se inclinan por subestimar el logro ajeno. Intentan empequeñecer la valía de los demás y les resulta mucho más sencillo endosarle cualquier victoria a la suerte que apreciar lo obtenido y aprender inclusive de esas vivencias para capitalizarlas.

En el fondo hay allí mucho de envidia, rencor, resentimiento, bronca y hasta impotencia. Es triste que se vuelva tan importante para algunos despreciar con tanta vehemencia aquello que otros han conseguido con esmero y esfuerzo y que lo hagan sólo para minimizar las desilusiones personales.

Es posible que detenerse a analizar en profundidad las razones por las que se ha fracasado sea extremadamente incómodo y muy poco gratificante, sobre todo si no se tiene la actitud adecuada para reponerse rápidamente.

En ese contexto la suerte es un argumento muy funcional para menospreciar a los vencedores. Después de todo, sin esa dosis de buena fortuna nada hubiera ocurrido, afirman con total convicción y enorme displicencia.

Claro que, a veces, aunque no siempre, se precisa que el azar haga su aporte para coronar un largo e intrincado proceso. Ese instante sublime no hubiera sucedido nunca si previamente no se hubiera superado cada uno de esos desafíos en el momento preciso y esa dinámica tiene tanta gravitación que ignorarla sería muy irresponsable.

Un esquema típico para el desdén es asignarle una magnitud superlativa a los “dones” circunstancialmente recibidos. Como el personaje en la mira fue supuestamente bendecido con un talento natural pues entonces parece lógico que haya prosperado sólo por ese hito virtualmente inexplicable.

Nadie parece comprender que esa hipotética ventaja fortuita jamás se hubiera convertido en algo fantástico sin sacrificio, disciplina y gran trabajo. Bajarle el precio a ese atributo con esa premisa es una canallada que esconde patéticas emociones que deberían dar mucha vergüenza.

Lo mismo acontece cuando se atribuyen todos los logros a lo heredado en cualquier orden. Es obvio que muchas de esas cuestiones mejoran las posibilidades, y el punto de partida se constituye entonces en un plus nada desdeñable, pero de ningún modo eso se convierte en sinónimo de certezas. Eso puede servir, pero nunca es suficiente para asegurar la gloria.

El éxito emerge como consecuencia de una conjunción de ingredientes combinados en cierta proporción. Intentar asignarle a uno de esos componentes la totalidad del mérito es algo audaz y probablemente bastante injusto.

No es una idea brillante canalizar las frustraciones propias degradando todo lo que pasa alrededor. Si se desea progresar es vital entender lo que se necesita, trabajar en esa dirección, capacitarse, formarse, estudiar y, fundamentalmente, estar muy dispuesto a la autocrítica, a identificar los yerros, a desmenuzar lo que no ha funcionado para no repetir los vicios.

Triunfar no es una tarea liviana. Si fuera tan fácil muchos lo lograrían, sin embargo, es muy evidente que requiere del despliegue de varias capacidades sincrónicamente. Se puede disponer de algunos talentos naturales y otros a adquirir, pero siempre habrá que perfeccionar conocimientos y desarrollar habilidades, y adicionalmente sumar experiencia, esa que es indelegable e inevitable para estar listo para un reto.

En tiempos de euforia mundialista quizás las analogías sean válidas y ayuden a tomar nota. La última atajada en una final o un penal contenido en ese mismo partido, un delantero de otra galaxia o un técnico sin suficiente rodaje no deberían desembocar en una conclusión tan básica como que sólo se levantó la copa porque una varita mágica lo permitió o el destino ya estaba escrito.

Detrás de ese incidente aparentemente aislado, presentado como una burda caricatura, hay una intrincada historia de jugadores magníficos, de profesionales que se entrenaron sin respiro, que ya han ganado trofeos anteriores con este mismo grupo e inclusive varios de ellos en sus respectivos clubes, gente disciplinada y tenaz, que exhibe su postura perseverante con orgullo, que ostenta una ambición genuina y una autoestima a prueba de todo.

Pudieron haber sido derrotados, eso también es cierto. Pero no llegaron a ese escalón memorable por casualidad. La “suerte” no puede explicar aquello. Es real que, eventualmente, hace falta una pizca de lo imprevisto para que los planetas se terminen de alinear, pero tampoco se llega hasta allí apelando al azar.

Es hora de poner las cosas en su lugar. Los que tocan el cielo con las manos, en la actividad que sea, en su profesión o en su vida misma, no lo consiguen de carambola, ni con una moneda tirada al aire que cae del lado soñado.

En ese resultado hay mucho de mérito y eso debe ser revalorizado como corresponde. Hacerlo no sólo es un acto de justicia, sino que debería ser de gran inspiración para movilizarse de un modo activo hacia las propias metas, esas que quizás ya fueron archivadas o postergadas para nunca, vaya a saber por cual perverso mecanismo.

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