Cambiando el país desde la fiambrería

El supermercadismo es un fenómeno relativamente novedoso en el Uruguay.

En 1962, Tienda Inglesa inauguraba el primer gran supermercado en Av. Italia y Bolivia, Montevideo, donde hasta hoy funciona.

Guardando las distancias en cuanto a dimensión, pero incursionando en el concepto del self service, también existió por esos años un local muy reducido perteneciente al mismo grupo económico. Estaba ubicado también en Montevideo, en Carrasco, y en la esquina de Arocena y Schroeder frente a la heladería Las Delicias, esquina noroeste de esa intersección. 

Ese comercio era atendido y mantenido por dos señores. Vestían siempre de camisa y corbata, a veces chaleco abotonado sin mangas y usaban una túnica protectora de color gris cuando alguno de ellos reponía alguna de las “mini góndolas” existentes, o barría el local.

No es difícil imaginar la confianza y buena relación que existía entre estos trabajadores, sus clientes y su empleador.

Corría la fermental década del sesenta y comenzaba a gestarse el movimiento tupamaro, que tantos desaciertos generó al país, incluida la dictadura militar que gracias a ellos tuvimos que soportar.

Actualmente, un supermercado es un lugar de compra y provisión, pero es a la vez un lugar de encuentro y análisis social.

La competencia entre las diversas cadenas del rubro hace que el público observe, analice y comente sobre la calidad de los productos ofrecidos y el cuidado de quienes allí atienden. Por sus características, uno de los puntos de mayor concentración de esa atención, es la fiambrería.

Hay ciertas conductas de manejo e higiene de la mercadería, que a todas luces obedecen a normativas que regulan ese tipo de actividades. Su incumplimiento derivaría en elevadas multas para dichas empresas y son por tanto bastante respetadas.

Desde hace varios meses, me ha llamado la atención en un supermercado de otra cadena de las varias que hoy compiten con Tienda Inglesa, un chico que estimo tendrá entre veinticinco y treinta años, que mantiene una calidad de atención fuera de lo común.

Casi sin hablar y sin hacer alarde de su estilo, cuida cada detalle con el esmero de quien se atiende a sí mismo o a su familia. A modo de ejemplo, su forma de cortar el jamón crudo, ordenarlo y empaquetarlo, es perfecta; y quien corta y empaqueta a la perfección ese producto, es sin duda entendedor de la materia.

La semana pasada llegué al lugar en un horario atípico y con poca afluencia de público. Estaba este chico atendiendo en la fiambrería y escuché una conversación realizada en voz baja entre él y un compañero suyo, que me hizo entender las razones de tan particular comportamiento.

El colega le planteaba la importancia de no ser tan cuidadoso y delicado en su atención al público. Probablemente tenía en claro que la primera exigencia a respetar es la del sindicato al que está afiliado. Esto le permite llegar al borde de la norma en muchos casos, sin alterar los resultados de su gestión.

El chico sujeto de esta nota respondió algo que me sorprendió y a la vez me dio a entender que en el Uruguay hay una esperanza cierta de cambio y prosperidad. Dijo que él está en ese trabajo aprendiendo un oficio y que quiere hacerlo de la mejor manera posible. Su tarea es hacerlo bien mientras analiza el comportamiento y reacción del público, sus exigencias y desubicaciones y va conociendo al detalle el mercado. Llegado el momento, abrirá su propio negocio y se convertirá en el forjador de su propio destino.

Mientras su compañero tal vez pensaba en mantenerse a la sombra de algún sindicalista y así parar cuando manden parar, ir a las marchas y manifestaciones, ver a su empleador como un enemigo permanente al cual hay que sacarle el jugo y a los clientes como empleadores indirectos a quienes hay que atender hasta donde exige la norma, este chico daba todo de sí para los demás y por lógica consecuencia, para sí mismo.

Seguramente, a él le da lo mismo lo que piense el sindicato.

Este país se forjó de esa manera. Con inmigrantes que no llegaron a esperar dádivas ni ventajismos del Estado o de sus gestores de turno, sino a conseguir un empleo y aprender de sus empleadores privados con miras a hacerse independientes y establecer sus propios emprendimientos.

Nada más noble que ese accionar.

Gracias a la LUC y a su confirmación, se terminó, entre otras cosas, la demagogia de la envidia amparada por la idea de asaltar al empleador para quedarse con su industria.

La actitud callada, franca y decidida del chico que motiva esta columna, da cuenta de que algo está cambiando en nuestra sociedad.

Y esa es una muy buena noticia.

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