El creciente temor al vendaval de la destrucción creativa

Los cambios tecnológicos vertiginosos y la aceleración con la que se vienen dando los acontecimientos generan sensaciones muy potentes. En ese escenario entender lo que está pasando ayudará a seleccionar el sendero óptimo.

Hace varias décadas Joseph Schumpeter planteó un concepto económico que describía un mecanismo cíclico que identificó como el «proceso de mutación industrial que incesantemente revoluciona la estructura económica desde adentro, destruyendo incesantemente la antigua, creando incesantemente una nueva”.

Muchos teóricos han utilizado esta figura para ensañarse con la realidad alcanzando deducciones tan temerarias como apocalípticas. La utopía marxista más clásica busca una suerte de reivindicación ideológica en estas formulaciones para vaticinar la caída del capitalismo, hecho que hasta el presente sigue vigente sólo en el imaginario de muchos delirantes nostálgicos.

Lo interesante de esta elaboración teórica original es que de un modo casi darwiniano brinda sustento no sólo a la oleada de transformaciones transcurridas en el pasado, sino que también aplica con completa verosimilitud a la actualidad.

En esta convulsionada época y ante la aparición de fenómenos tan complejos como incomprensibles los fantasmas retornan y entonces los agoreros del caos se sienten impunes para desparramar sus controversiales pronósticos.

Ante el surgimiento de esta nueva etapa de la inteligencia artificial proyectan lo que hoy ocurre exponencialmente y se permiten esbozar horizontes repletos de cataclismos inevitables.

Las personas suelen, instintivamente, tener aversión al riesgo. Los cambios intimidan gestando un clima de angustia a su alrededor. Lo desconocido produce así tensiones, especialmente en las generaciones mayores esas más apegadas a la búsqueda de certezas permanentes.

Lo cierto es que efectivamente todo está cambiando velozmente. Nadie sabe con precisión en qué exacta medida, cuando acaecerá ese punto de inflexión, ni mucho menos cómo será ese devenir.

En el mundo de los negocios, en los ámbitos gubernamentales y hasta sociales se percibe que lo que antes eran obviedades ahora ya no lo son, que los paradigmas viejos caen en desuso o en desgracia y que son rápidamente reemplazados por otras consignas, inclusive esas que parecen disparatadas pero que se han convertido en las flamantes reglas de juego.

En esa paranoia algunas audaces predicciones sostienen que mucha gente se quedará sin empleo, que las “máquinas” harán su trabajo y serán así expulsados del sistema. Terminan engendrando una idea que se opone irracionalmente al progreso de la ciencia y la tecnología.

Lo paradójico es que plasman esas visiones confabuladoras en textos que fueron confeccionados desde computadoras o en audios y hasta videos que utilizan las más modernas plataformas. Esas miradas son replicadas en portales digitales y redes sociales, justamente uno de los símbolos de lo que ellos mismos dicen aborrecer y señalan cómo los enemigos a derrotar.

A pesar de esas evidentes contradicciones y de su inocultable sesgo ideológico retrógrado, quizás la cuestión de fondo es que no recuerdan las experiencias previas, o peor aún prefieren ignorarlas. Todas las invenciones derivaron en esquemas que empujaron a dejar de hacer ciertas cosas y aprender a hacer otras nuevas.

Ese fenómeno de “destrucción creativa” es una observación sobre el pasado y ha ocurrido desde el descubrimiento del fuego, con el nacimiento de la rueda y perdura en los más contemporáneos hallazgos.

El planeta ha evolucionado afortunadamente y claro que en ese trayecto desaparecieron oficios, pero también emergieron otros que ni siquiera se asomaban. Contar una parte de la historia omitiendo deliberadamente el resto de las facetas es tan perverso como falaz.

Los seres humanos hoy viven más años, con mayor calidad de vida y eso no es producto de la casualidad sino de la capacidad creadora y del talento para capturar las genialidades para provecho propio.

Gracias a las invenciones hoy todo se resuelve de un modo más eficiente y productivo. Ese ahorro de energía se traduce en más tiempo disponible, ese que además se utiliza para destinarlo a otras actividades antes impensadas.

Una de las novedades de este siglo es que los más jóvenes se están formando académicamente para puestos que tal vez no existan muy pronto. Es muy probable que terminen trabajando en asuntos que aún no aparecen en el radar. Ese es el presente y las posibilidades que se avecinan tan difusamente.

Nadie trata de quitarle relevancia al tema. La preocupación no tiene que ver con si lo que está por suceder debe ser evitado o combatido. No es esa una opción inteligente sobre la cual discutir. En todo caso el debate es acerca de cómo acompañar ese recorrido con astucia y cómo adaptarse al ritmo de las circunstancias.

El desafío no consiste en asustarse al punto de entrar en pánico ni tampoco en alarmar a todos con conclusiones sin sustento alguno. La labor es comprender que el progreso propone dilemas que hay que enfrentar de la manera más sensata que sea posible.

Los que logren entender mejor esa dinámica y subirse al tren del futuro crecerán sin duda alguna. Los que no consigan seguir de cerca esta realidad tendrán que poner mucho más esmero. El camino no será sencillo e involucra retos desconocidos, pero esto con sus matices ya ha sucedido y la humanidad no sólo pudo superarlo, sino que hoy vive mejor gracias a esa destrucción creativa a la que hoy muchos le tienen terror.

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