El envejecimiento político de los jóvenes dirigentes

Desde hace años los políticos más experimentados apuestan a la juventud con enorme esperanza y tremenda ilusión. Entienden que una camada potente con una impronta singular puede interrumpir la inercia y ayudar a enamorar a esos simpatizantes que otorgan sentido a la batalla.

Algunos sólo lo plantean desde lo estrictamente discursivo. Saben que suena muy bien y que los auditorios actuales así lo demandan, pero otros lo dicen sinceramente, entendiendo que resulta clave reconstruir confianza para apostar por variantes que ayuden a darle vitalidad a una actividad que ha caído en desgracia y que está realmente desprestigiada.

Lo cierto es que muy pocas agrupaciones consiguen convocar a los más jóvenes. El entusiasmo por la política que se vivió en tiempos del retorno a la democracia en el siglo pasado no se ha repetido ni parece posible que pueda darse en el corto plazo.

La apatía ha ganado demasiado terreno y la desazón no ha permitido, al menos hasta ahora, abrir esa puerta esencial para la participación protagónica masiva que se verificó fuertemente en otras temporadas.

Seguramente existen muchas visiones que explican, tal vez parcialmente, esa conducta. Los más lineales buscarán culpables en las rutinas modernas sin hacerse cargo de la escasa capacidad para generar interés positivo, mientras otros intentarán encontrar las reales causas que alejan a tantos de la política.

Lo concreto es que cuesta identificar un numero relevante de dirigentes que estén creciendo, desarrollándose a su ritmo, haciendo su propio recorrido, trayendo ideas novedosas e incursionando con un estilo inigualable. Los hay, pero verdaderamente no emergen a diario, sino muy esporádicamente.

Lo paradigmático es que una vez en el ruedo, esas figuras que irrumpen con gran fuerza se van desinflando, se aburguesan, se adaptan a los métodos tradicionales y quedan apegados a lo que destiñe y que precisa ser revisado cuanto antes porque ya no seduce a nadie.

Sería deseable que los líderes que se suman al juego aporten una cuota de disrupción, rompan moldes, enuncien distintos conceptos, sobre todo porque se supone que traen consigo mentes flexibles y porque además entienden mejor a sus pares, a esas personas con las que comparten vivencias, hábitos cotidianos, preferencias y un panorama similar.

Es incomprensible que en vez de aprovechar su versatilidad terminen mimetizándose con los formatos de otra centuria, con el modo de hacer proselitismo de otras décadas. Sin embargo, eso es lo que parece estar pasando. En vez de actualizarse parecen terminar acoplándose a lo vigente y por lo tanto quedando obsolescentes a gran velocidad.

Va siendo hora de que propongan otras configuraciones, menos estructuradas, más líquidas, divertidas y por lo tanto atractivas para quienes detestan lo antiguo rechazan lo viejo y hacen un culto de la innovación y la metamorfosis permanente.

El desafío es sofisticado para los partidos. Por un lado, deben estar abiertos a aprender de lo que está sucediendo, tomar nota de lo que piensan los adolescentes, esos que ya votan en las elecciones y que volcarán los resultados en una dirección u otra según como expresen sus miradas. Por otro lado, deben dar paso a esa dinámica, con la lógica incertidumbre que eso produce, ya que no existe garantía alguna de que la incorporación de otras dimensiones logre, efectivamente, cautivar a quienes se han desilusionado repetidamente de la política.

Nadie sabe muy bien que hacer ni cómo. Es una era de experimentación, de prueba y error, de tomar riesgo con la chance de caer en el ridículo. Lo transgresor puede terminar siendo una payasada y el límite es muy difuso.

El talento de los líderes se pone a prueba como nunca y el gran reto es complejo porque ya no se trata simplemente de recitar grandilocuentes discursos repletos de arengas que emocionan, sino de movilizar emociones profundas, edificar una épica e inspirar con mayúsculas y eso requiere ciertas aptitudes que no todos han conseguido ejercitar.

La política atraviesa una gran encrucijada. Los “millenials” y “centennials” tienen sus propias perspectivas, responden a parámetros diversos, sus temáticas son bastante diferentes por lo que llegar a ellos no parece una labor muy sencilla, mucho menos apelando a los mecanismos convencionales que funcionaron en el pasado pero que hoy han demostrado ser absolutamente ineficaces para siquiera llamar la atención.

La tarea por delante es ardua y no es un asunto técnico menor e irrelevante. De este proceso depende, en buena medida, el giro que pueda tener el sistema institucional imperante. La democracia tal cual ha sido conocida precisa adecuarse pronto y si los ciudadanos del futuro no logran encontrar la manera probablemente esa bisagra altere el orden con las implicancias que todo eso podría acarrear.

El peligro está latente. La civilización evoluciona rápidamente y si no se ejercitan ajustes constantes en el intercambio social será difícil articular engranajes que posibiliten seguir avanzando. El entendimiento generacional es parte de ese fenómeno y hoy ese capítulo está en crisis.

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