El límite de la paciencia social

El tema aparece permanentemente en el centro de la escena. Todos los analistas coinciden en que el humor de la sociedad condiciona el presente y el futuro de la sustentabilidad del gobierno.

En una Argentina tan cambiante, en la que muchos paradigmas están siendo constantemente revisados puede resultar temerario hacer conjeturas demasiado apresuradas. Sería saludable y muy pertinente ser prudentes para no repetir pronósticos fallidos.

 

Las pruebas son abrumadoramente contundentes. Los eternos prejuicios y cierta inercia cívica impidieron ver lo que estaba pasando y por ese motivo el desenlace electoral fue impredecible para la inmensa mayoría.

 

Esa desorientación afectó a todos, a propios y a extraños. La sorpresa no fue sólo para los expertos, que analizaron la realidad sesgados por las experiencias previas, sino también para los más optimistas cuyas expectativas fueron superadas con creces.

 

En ese contexto tan complejo detenerse a proyectar cuál será el grado de tolerancia de quienes habitan este territorio en medio de esta crisis económica, parece un ejercicio tan difícil como aventurado.

 

La magnitud del ajuste que se está implementando, el modo en el que fue planteado, la dinámica comunicacional seleccionada y la duración de este proceso, desafían las reglas previas e interpelan a los especialistas en opinión pública.

 

Las comparaciones temporales son inevitables. La búsqueda de referencias que tengan alguna similitud, son ineludibles. Todos buscan elementos para intentar comprender mejor las características del fenómeno actual.

 

Lo cierto es que a medida que pasan los días, semanas y meses, todo lo imaginado no se está verificando y entonces seguir insistiendo con conclusiones apresuradas no parece ser lo indicado bajo esta coyuntura.

 

Al menos por ahora, la paciencia ciudadana se muestra bastante estable. Aun con altibajos los indicadores se mueven dentro de un rango que no modifica la situación de fondo, ni impacta en el mapa político de corto plazo.

 

Eso no significa que se mantenga indefinidamente de ese modo. No sería razonable creer que esto no tendrá modificaciones pronto, pero lo concreto es que hasta aquí todo se ha mantenido dentro de cierta normalidad.

 

Los disconformes insisten en que se está tensando la cuerda más de la cuenta y que ese juego inexorablemente terminará de la peor manera. Del otro lado los partidarios del oficialismo entienden que el rumbo es el adecuado y que habrá que aguantar lo que sea necesario para lograr lo anhelado.

 

Cada uno de los opinadores en realidad podría estar confundiendo su percepción con sus deseos. De hecho, cuando se comparan números al respecto, los niveles de apoyo y repudio siguen rondando cifras parecidas a las de la segunda vuelta electoral del año pasado.

 

Los que votaron a favor de los triunfadores siguen apostando por una victoria de esta estrategia general, de este modo de administrar el poder, comparten casi todos los objetivos y hasta los opinables procedimientos.

 

Los hoy opositores, con muestras de un inocultable despecho, no solo creen que esto fracasará estrepitosamente, sino que apuestan a que eso suceda pronto y que ese tropiezo provoque algún hecho institucional que permita revertir el camino iniciado.

 

Los economistas de uno y otro espacio coinciden que algunas tendencias macroeconómicas son muy positivas, pero a la hora de trasladar esto hacia adelante sus perspectivas se divorcian rápidamente.

 

No obstante, a pesar de lo vivido y debatido, existe una única coincidencia. La paciencia social tiene la última palabra. Si la gente soporta este reacomodamiento, esta recesión con inflación, este apretón fiscal sin precedentes el programa triunfará finalmente.

 

Si por el contrario ese aguante se deteriora ya sea progresivamente o abruptamente, el soporte político entraría en caída libre y eso podría impedir que los resultados esperados impacten positivamente en la realidad cotidiana.

 

Por ahora sería inteligente evitar predicciones, sobre todo si se ha tomado nota de que las anteriores no parecen haber dado en el blanco. Aunque más no fuera por una cuestión de cautela intelectual y haciendo caso omiso de las preferencias personales, debería primar una cuota de sensatez.

 

Claro que las pasiones interfieren y la necesidad de buscar certezas se torna apremiante, pero a la luz de la evidencia empírica quizás valga la pena convertirse en un observador más equilibrado, pendiente del paso a paso, y sobre todo aprendiendo del comportamiento de quienes optaron hace pocos meses por una apuesta diferenciadora.

 

El final de la historia, si es que tal cosa existe, se sabrá más adelante. Por ahora tal vez sea mejor ser empáticos frente a los que la pasan mal, independientemente de la confianza que le tengan a este recorrido. La paciencia parece casi intacta. Nadie debería arriesgar ideas acerca de lo que puede ocurrir si este esquema continúa unos pocos meses o se prolonga aún más.

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