Deteniendo el péndulo

Bajo el título Derrocar al Capitalismo, el periodista Daniel Matamala publicaba hace algunos días en el diario La Tercera de Santiago, un artículo trascendental.

Basaba su análisis en un contrapunto generado en una reciente visita del presidente de Chile Gabriel Boric a Europa, y los comentarios vertidos a la prensa por el economista y exministro chileno Andrés Velasco, quien reside en el Reino Unido.

“Los chilenos no quieren derrocar al capitalismo, quieren arreglarlo”, habría sido la frase de Velasco por la que consultaron al presidente Boric durante una entrevista con la BBC.

“No estoy de acuerdo con Velasco”, habría contestado Boric. “Creo firmemente que el capitalismo no es la mejor manera de resolver nuestros problemas en la sociedad”.

Para no dejar dudas acerca de la posición del presidente, Camila Vallejo, la vocera de gobierno perteneciente al Partido Comunista, declaró que: “El capitalismo no es la solución a todos los problemas sociales y la realidad chilena ha dado prueba por décadas de aquello. Por eso es tan importante avanzar hacia un Estado de bienestar”.

Una polémica no menor, que llama a la reflexión.

La esencia del pensamiento liberal se sustenta en el capitalismo como sistema económico y social basado en la existencia de propiedad privada, condición esencial para que individuos y empresas puedan poseer, controlar y manejar recursos y medios de producción, generando riqueza.

El mercado es el principal mecanismo de distribución de recursos. Cuando la oferta y la demanda interactúen libremente, se establece el equilibrio en precios y cuantías de bienes y servicios.

La libre competencia entre productores y proveedores es el catalizador que mejora la calidad de los productos y garantiza la regulación natural de los precios.

El concepto de libertad económica es el estímulo a partir del cual los individuos proyectan, toman decisiones y se hacen dueños de sus resultados tanto en el éxito como en el fracaso.

Si en nombre del liberalismo se permite a grupos económicos privilegiados repartirse el mercado promoviendo la colusión y la generación de monopolios y oligopolios, con un Estado incapaz de establecer las regulaciones apropiadas para que eso no ocurra, se está engañando a la sociedad porque en ese sistema no existe real libertad económica. Ese modelo no puede, bajo ningún concepto, denominarse liberal y está condenado al fracaso.

De igual manera, intentar prescindir de un capitalismo abierto y solidario, sacando al Estado de su función de contralor para convertirlo en dueño del capital y de los medios de producción, es garantizar el fracaso del sistema. Todos los experimentos intentados a tal efecto, han dejado una y otra vez en evidencia que la violación de los derechos humanos, la pésima calidad de los servicios más básicos y hasta el hambre de la población, son el tributo a rendir. Eso asegura la “buena y prolongada vida” de los integrantes de la nomenklatura reinante, que son, en definitiva, los dueños del poder.

No parece ser esa la intención de Gabriel Boric. En el breve tiempo que lleva gobernando, ha sido crítico consecuente de las dictaduras de izquierda latinoamericanas.

Por otra parte, ha dado muestras de comprender la importancia del Estado como regulador y gestor. La generación de cambios muy promisorios en el funcionamiento de la salud pública y la mejora y fortalecimiento del Fondo Nacional de Salud (FONASA) – largamente postergado por los anteriores gobiernos – son un buen ejemplo de eso.

Comenta Matamala en su columna, que: “La RAE define el capitalismo como ‘un sistema económico basado en la propiedad privada de los medios de producción y en la libertad de mercado’. Dentro de ese marco general, hay todo tipo de sabores y colores. Pero, al confundir capitalismo con neoliberalismo, al identificarlo con la más extremista de sus versiones, la izquierda pisa el palito de los Chicago Boys, que planteaban esa dicotomía tramposa: o capitalismo salvaje o socialismo soviético.”

Y luego concluye diciendo: “En este debate, Velasco tiene razón, no Boric. Debemos seguir el camino de las sociedades que admiramos, y, tal como lo hicieron ellas, arreglar nuestro capitalismo, no derrocarlo. Ese camino está trazado: aprovechar la inigualable potencia del mercado para generar riqueza; perseguir monopolios y carteles para proteger la libre competencia; cobrar impuestos progresivos para financiar derechos sociales, y hacer trabajar juntos a empresas, universidades y Estado para avanzar en innovación y desarrollo.”

Parecería estar allí el secreto para terminar con los extremos de uno y otro lado.

Detener el péndulo en lo que realmente importa.  

Una democracia vigorosa que vele por el orden y la paz social, garantizando desde el Estado la existencia de libertad política y económica, mientras brinda salud, educación, justicia y seguridad de calidad, para todos.

Un capitalismo liberal, sano y ordenado.

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