El poder ciudadano

El martes 7 de mayo fue rechazado en el Senado un proyecto de ley que buscaba establecer el criterio de paridad numérica entre mujeres y hombres, mediante una “ordenación alternada y secuencial de personas de ambos sexos en cada lista”.

Según informara el diario El País, la senadora nacionalista Gloria Rodríguez explicaba en su exposición de motivos que se trataba de “avanzar decididamente en el efectivo ejercicio del derecho a la participación política por parte de las mujeres”.

En ese contexto, la vicepresidenta de la República y presidenta del Senado, Beatriz Argimón -ferviente defensora del proyecto- abandonó por unos minutos la presidencia y desde su banca manifestó haberse cansado de escuchar en los discursos de los legisladores “que el proyecto hace referencia a la participación cuando, en realidad, es sobre el ´acceso al poder´”.

Como si de una disputa entre liceales por el liderazgo de una clase se tratara, dijo: “Durante todos estos años de militancia (…) he visto cómo desaparecieron compañeras inteligentes, prestigiosas, trabajadoras, porque cuando llegaba el final del día, cuando los que hablan de libertad muestran la lista, siempre los primeros eran los varones”. Y agregó: “Tampoco escuché jamás que, cuando veíamos una hojita de votación llena de varones, estuviéramos viendo los talentos y virtudes. Porque si pedimos los talentos y virtudes, los pedimos para todos y todas”.

“Y no me vengan a hablar de libertad, porque la lista ya está conformada. Entonces, si vamos a hablar de libertad del elector, hay muchos aspectos en nuestro sistema que deberíamos rever. Esa argumentación no me parece válida para lo que estamos diciendo”, señaló.

Las palabras de la vicepresidenta de la República, que al parecer pasaron casi desapercibidas por la repercusión de otras noticias surgidas casi en simultáneo, merecen un análisis detallado que nos haga reflexionar como sociedad.

Tiene razón Argimón cuando señala que acá, de lo que se trata, es del “acceso al poder”.

Fría y crudamente, parece entender que “el poder” es algo que debe ser repartido equitativamente entre sexos, para que no ocurra que “compañeras inteligentes, prestigiosas, trabajadoras” desaparezcan de la política.

Olvida Argimón que “el poder” no pertenece a los políticos que lo ejercen, sino a los ciudadanos que con su voto los convierten en representantes.

Y es aquí donde la confusión y colusión de todo el sistema político queda en evidencia.

A nadie se le ha ocurrido terminar con las listas sábanas que obligan al elector a votar por gente a la que probablemente desconoce completamente, impidiendo la elección personalizada que se practica, a modo de ejemplo, en la democracia chilena.

¿Cuál será la razón para que el elector no pueda elegir libremente al candidato a presidente, a senador y a diputado que más lo represente, incluso siendo de diferentes sectores políticos o partidarios cada una de sus selecciones?

La única razón es que quienes legislan se sienten los amos del poder y gobiernan para no perder sus privilegios.

Pero de eso no se habla. Sobre eso no se discute, porque como bien lo dijo Beatriz Argimón, de lo que todo esto trata es del “acceso al poder”.

Si el poder y sus accesos fueran verdaderamente de los ciudadanos y no de un grupo de profesionales de la política, es muy probable que la paridad de género se diera de manera natural. Ese sistema democrático, de paso, impediría que algunos nombres y apellidos se eternicen en el poder.

Y bajo el filtro eficaz de los electores, no sería de extrañar que las mujeres pasaran a ser amplia mayoría si en realidad superan en capacidad, eficacia, dedicación y representatividad – a criterio de esos votantes – a los varones.

¿Por qué conformarse entonces con un 50%?

Parafraseando a la vicepresidenta, “no me vengan a hablar de libertad, porque la lista ya está conformada”.

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