La careta de los falsos republicanos

El tratamiento circunstancial de un DNU puso en el tapete la cuestión de fondo vinculada inexorablemente a la tradicional especulación política de corto plazo, camuflada de supuestas profundas creencias.

Es bueno que esto suceda y es mucho mejor que ocurra ahora. La estrategia oficial utilizada podrá ser criticada pero lo que va quedando claro es que esa dinámica permite identificar las verdaderas intenciones de los actores del sistema.

Es deseable que cada miembro del Congreso opine y vote en función de sus propias convicciones. No se trata de hacer juicios de valor sobre las visiones de unos u otros, pero quizás sí convenga detenerse en el trasfondo de ciertas posiciones que pretenden simular algo que, a todas luces, emerge como brutalmente contradictorio.

Una de las argumentaciones más reiterativas para otorgarle sentido al voto en una dirección determinada y que a su vez se utiliza para denostar sistemáticamente al actual oficialismo, es la cuestión republicana.

Esa interesantísima arista sería de enorme trascendencia si los interlocutores que expresan esa mirada tuvieran la suficiente autoridad moral para liderar semejante mensaje.

De hecho, lo que baja el precio a sus planteos es justamente que los voceros no gozan de la credibilidad adecuada para sostener esos preciados preceptos que pretenden enarbolar.

Una república se construye con republicanos. Para eso poco importa lo que se dice. Lo retórico es completamente lateral bajo estos paradigmas. Lo que tiene significación es lo fáctico, lo que se hace, lo que se ejerce.

Cuando un líder político se atrinchera en esa posta y dispara desde ese lugar con un dedo acusatorio a algunos de sus pares, debe poder pasar, como mínimo, el complejo filtro de la coherencia.

Y ahí tal vez radica el mayor de los inconvenientes, especialmente para una generación cuya clase política es estructuralmente mediocre, de bajo nivel intelectual, de dudosa reputación moral y de una conducta tan opaca, como inmensamente miserable.

En boca de gente virtuosa, de personajes con consistencia ética, esas declaraciones podrían tener una pertinencia fenomenal, y hasta serían totalmente atendibles, más allá de que siempre estarían sujetas a respetables opiniones absolutamente disímiles.

De nuevo, el drama sobreviene de la mano de los portadores del recado que terminan, por sus propios prontuarios, invalidando de cuajo cualquier tipo de consideración al respecto.

Al ocuparse de la coyuntura, llama la atención la rigurosidad técnica que se ha establecido como parámetro para este DNU en particular, siendo que la historia contemporánea, incluida la reciente, está plagada de normas de idéntica configuración que parecen haber pasado inadvertidas para los puristas de la época.

Diera la sensación de que esas medidas en el pasado, contadas de a cientos, no quebraron ningún criterio y de pronto, ahora resulta, que estaban no solo ajustadas a derecho, que eran constitucionales, sino que además pasaban el exigente tamiz republicano.

El comportamiento cotidiano de los hoy devenidos en protectores de las instituciones merece un amplio repaso ya no para ensañarse con sus sinuosos antecedentes sino para ahondar en su entidad para convertirse en árbitros de esta bisagra histórica.

Los que no pueden explicar sus patrimonios, ni cómo financian sus campañas, los que hablan en secreto entrometiéndose en otros poderes, los que deambulan en las sombras diseñando operaciones mediáticas para perjudicar a sus adversarios, ahora intentan mostrarse como los paladines de la sociedad.

Habría que hacer primero una autocrítica descarnada, no sólo para saber desde dónde hablan, sino para comprender si las nuevas posturas parten de la base de una revisión de actitudes pasadas, o del mero resentimiento, impotencia o envidia frente a lo que está ocurriendo.

Lo que hoy se puede observar es que los protagonistas están eligiendo dónde pararse en este escenario. Algunos ya han tomado posición y avanzan en su recorrido, otros apuestan a que todo se caiga para ver si pueden sacar provecho de los tropiezos.

En el medio, un conjunto de timoratos personajes juega a las escondidas y tratan de zafar con discursos tan grandilocuentes como ambiguos. Creen que esa avenida del medio los va a preservar de lo que viene.

En el fondo no hay discusión sobre las leyes, la república o las instituciones. Todo es mucho más básico y terrenal, mucho más superficial y mezquino. Solo intentan sobrevivir frente al inusitado cambio de las reglas que no validaron y que ahora no saben cómo administrar.

Mientras tanto pretenden surfear la ola, con viejos códigos, sin comprender que las caretas ya se cayeron y que su impostada dialéctica los está dejando burdamente al descubierto.

El gobierno podrá ser exitoso o fracasar en sus intentos, pero lo que ciertos sujetos no han logrado visualizar aun es que ellos, independientemente del resultado, no conseguirán salir indemnes de esta transición.

Su desprestigio es de tal magnitud, que hasta los que hoy coyunturalmente los aplauden por representar su ira los terminarán desechando, los descartarán por ese cinismo inocultable y esa hipocresía indisimulable.

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