La ilusión de “desplumar” a los ricos

Sigue siendo esta una farsa que se repite hasta el cansancio. Un discurso que pretende disfrazarse de justo pero que destruye toda posibilidad de desarrollo a su paso. Un verdadero despropósito de la demagogia más burda o el resultado de una ignorancia de gran magnitud. 

Lamentablemente ha dejado de ser éste un asunto exclusivo de las democracias imperfectas. También es utilizado insistentemente hoy como un recurso retórico en las naciones desarrolladas e inexplicablemente recibe una aprobación ciudadana mayoritaria.

Ante cada ocasión en la que los países definen nuevas necesidades que deben ser financiadas por el Estado emerge, casi mágicamente, la idea de que ese dinero adicional a reunir para algún supuesto fin loable debe salir inexorablemente de quienes más patrimonio poseen.

Se ha instalado fuertemente el paradigma de que esa minoría puede invertir lo que sea requerido en una finalidad superior. Ellos están habilitados para hacerlo y no sólo es una posibilidad, sino que para muchos es además un deber moral al que no se puede rehuir.

Es interesante analizar los motivos que subyacen en estos razonamientos. Es paradójico que los que deciden que algo debe hacerse en beneficio de todos crean tener la autoridad de obligar a otros por la fuerza a costear sus controversiales y circunstanciales caprichos.

Si realmente consideran que esa obra debe concretarse podrían dar el ejemplo aportando sus propios bienes, o bien proponer un canon que los grave a ellos mismos. Pues no. La brillante conclusión es que lo tienen que abonar otros, los que más disponen, concepto que obviamente excluye a los ideólogos de tan magnífica y altruista mirada.

Tal vez merodea por allí una nómina de pésimas actitudes humanas. La envidia, el rencor, el odio, la bronca, la impotencia, las frustraciones y las angustias por los eternos tropiezos movilizan a buscar un enemigo a quien atacar, al cual saquear y para eso se precisa de una firmeza inusitada, esa que provee el monopolio gubernamental, que aplica toda su potencia estatal para imponer sus deseos, siempre con el oportuno ropaje del bienestar general.

En nombre de esa ficción los hombres han llevado a cabo muchas atrocidades a lo largo de su existencia y cometen injusticias de todo orden a diario aplicando criterios que siguen gozando de un abrumador apoyo popular absolutamente incomprensible.

Finalmente se trata de una simple revancha, de una grosera venganza, apelando a un castigo a los que pudieron acumular a lo largo de sus vidas. No es el punto hacer juicios de valor acerca del modo en que se ha accedido a una fortuna. Claro que hay delincuentes camuflados de señores que han amasado lo impensable con métodos inmorales e ilegales. Esos deberían enfrentar las consecuencias, pero la misma corporación del poder político los protege. Pero también están los que lo consiguieron en base a mucho trabajo, inteligencia y esfuerzo.

Lo más patético es que ni siquiera bajo su perversa lógica consiguen su meta. Ellos imaginan algo que no ocurre. Es probable que lo sepan y entonces es más grave ya que eso implica que estafan a sus interlocutores a sabiendas de la mentira que instrumentan para construir ese relato.

Quizás sean sólo un conjunto de ignorantes que no comprenden nada ni de economía, ni de ética y que sólo se han constituido en implementadores de creencias completamente impracticables.

En cualquier caso, es un mero chantaje que sólo consigue postergar el progreso, alejar cualquier chance de avanzar como comunidad. Cuando se piensa en instalar un tributo que, en teoría, lo pagarán los más ricos se comete un error letal.

El capital económico responde a los estímulos con la misma naturalidad que funciona en todos los individuos. No rigen mecanismos diferentes a los de cualquier mortal. Por alguna extraña razón, los más incautos suponen que los acaudalados se dejarán depredar mansamente. Es realmente muy infantil el planteo e invita a dudar de la inteligencia de los progenitores de tan temerarias aventuras normativas.

Si el impuesto en cuestión es trasladable, se puede tener plena certeza que estos adinerados transferirán la carga a sus compradores, a sus clientes de una manera lineal, o si fuera complejo, lo harán con esquemas indirectos. El “pagador” final de ese tributo destinado a los más pudientes, culminará siendo soportado por los que creyeron en aquella fantasía original.

Y si por lo intrincado del plan pergeñado por estos nefastos sujetos que intentan apropiarse de lo ajeno se ha perfeccionado lo suficiente, se iniciará un camino sin retorno. Los que han edificado su imperio, tendrán a los mejores profesionales asesorándolos acerca de cómo eludir el embate.

Como consecuencia de esa sensación de ser agredidos inmediatamente se activará un dispositivo proporcional tendiente a minimizar la inversión y a buscar nuevos destinos fuera de la órbita de los matones seriales.

Esto no es una opinión liviana sino lo que exhibe la evidencia empírica cotidiana. Una sociedad hostil con el mundo de los negocios expulsa capital y eso es sinónimo de menor empleo y salario, de mayor pobreza y mediocridad.

Para crecer no hay atajos. Es central generar riqueza, y por antipático que les resulte a muchos, no existe progreso sin ricos, no hay chance alguna de evolucionar de la mano de una nación repleta de menesterosos. 

Los más opulentos son los mejores aliados para una comunidad que sueña con ser mejor. Son ellos los que apostarán sus propiedades con convicción si consideran que allí pueden seguir creciendo. Si se ven amenazados, sólo se esconderán primero y huirán después hacia donde los reciban con los brazos abiertos. A no delirar. Abundan naciones dispuestas a brindarles óptimas condiciones para seguir acumulando.

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