Seamos realistas pidamos lo imposible

Con este graffiti que caracteriza la rebelión del ´68, suele condimentar Alberto Benegas Lynch (h) sus frecuentes y fecundas presentaciones liberales.

Curiosamente, la similitud entre aquellos acontecimientos y las búsquedas sociales del siglo XXI en Latinoamérica y el mundo, sorprenden y preocupan.

Con ese sacudón sociocultural que conocemos como el “Mayo Francés” todavía presente, vale la pena analizar la participación que tuvo el pensamiento liberal, a la luz de un acontecimiento de tal magnitud.

La espontaneidad inicial de aquel movimiento y la posterior anarquía generalizada, fueron derivando en desbordes de violencia carentes de liderazgos.

La sociedad había estallado, pero nadie atinaba a explicar o tan siquiera identificar los verdaderos motivos de tal situación.

Una vez instalada la revolución, las manifestaciones estudiantiles, el apoyo de los sindicatos, la huelga general y finalmente las negociaciones que aplacaron el conflicto, fueron cuidadosamente manipuladas por la izquierda francesa, con el estilo habitual que caracterizó a la Guerra Fría.

Durante más de cincuenta años, el mundo pensó que aquella fue una revolución de izquierda, pero indudablemente, eso no fue así.

El movimiento inicial clamaba por libertad. Entre las más identificables proclamas se destacaban la revalorización del individuo frente a la voluntad general, la puesta en descubierto de la incapacidad del Estado para facilitar la felicidad individual y el libre albedrío, la desconfianza a todo lo que pudiera considerarse “autoridad estatal”, la limitación del poder, la igualdad de derechos de la mujer, la liberación sexual y otras.

Su eslogan era “prohibido prohibir”.

Como ocurrió con las ideas de Montesquieu inspiradoras de la Revolución Francesa, y en tantas otras oportunidades a lo largo de nuestra época, el populismo y la demagogia se impusieron a la razón y a la pasión que esta última suele generar.

A través de la televisión y colmando las bibliotecas de publicaciones dirigidas a interpretar desde un solo ángulo las razones del estallido, la intelectualidad pasó a ser un producto de consumo masivo.

Algunos temas eran jugosos y, sobre todo, maleables. Defensa del medioambiente, feminismo, control de natalidad, etc. Para todo eso no hacía falta más Estado; solamente había que reconocer a cada individuo como dueño de su propio destino, educar sin tendencias premeditadas y permitirles a todos ellos razonar cual seres pensantes que sin duda eran, para ir avanzando y decidiendo en democracia con libertad y responsabilidad.

Lo sabían los revolucionarios; también sabiéndolo, lo ignoraron a conciencia plena sus intérpretes. Ordenaron el caos creando nuevas comisiones y aumentando dirigismo y estatismo. El individualismo fue literalmente ignorado, paradójicamente, en nombre de la libertad.

El socialismo se puso de moda y hacia allí encaminaron sus anhelos y pregones la inmensa mayoría de los intelectuales, alimentados muchos de ellos con jugosos sueldos provenientes de Moscú. Tenían muy claro que les sería muy difícil armonizar la defensa de los verdaderos ideales revolucionarios, con el pago de las cuentas cada mes.  Encargados de contar la historia, la falsearon a su antojo.

Cincuenta y cuatro años después, el mundo vuelve a situarse en la misma encrucijada. Las sociedades se agitan en la búsqueda de libertad y cunde la confusión en cuanto a lo que entraña el hecho de ser de derecha o ser de izquierda.

Hasta hace muy poco tiempo atrás, la izquierda tildaba de fascistas a quienes no comulgaban con sus ideas. Hoy el fascismo está transformando en sus directos representantes a muchos excomunistas que, desaparecido el comunismo, abrazan esa ideología como propia, aunque todavía evitan – por razones obvias – llamarla por su nombre.  En nuestra región, el propio Foro de San Pablo comienza a mimetizarse lentamente con esa idea.

Llegados a este punto, surge la gran pregunta: ¿De qué lado estarán dispuestos a situarse la mayoría de los intelectuales de nuestros días? Es indudable que la tentación de hacer poderoso y aplaudir al Estado para vivir cómodamente bajo su sombra, está siempre presente.

¿Reaccionarán contra la injusticia y clamarán por más libertad o como en los tiempos del Mayo Francés se venderán – muerto y enterrado el comunismo – a los turbios intereses del fascismo?

Es hora de definirse. Los eruditos y aquellos que sin serlo actúan como si lo fueran, como siempre, tienen la palabra.

Pero – era digital mediante – seamos realistas pidamos lo imposible y busquemos la manera de contar la historia, esta vez sin distorsiones y debatiendo frente a frente.

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