Siempre se puede estar peor

En épocas angustiantes predomina una tendencia muy popularizada que invita a creer que la mala situación que se sufre invariablemente se convertirá en una mejoría ya que es absurdo suponer escenarios catastróficos. Quizás convenga detenerse allí a meditar y no complicar aún más el panorama.

Las sociedades suelen describir sus desdichas con un dramatismo desmesurado. Exagerar los inconvenientes y minimizar lo positivo se ha naturalizado demasiado. De hecho, son muchos los que aseveran estar atravesando un verdadero infierno.

No menos cierto es que cada comunidad examina sus propias circunstancias en términos relativos, comparándose con su pasado o bien usando como guía el modo en el que otras naciones han superado sus retos históricos.

Identificar parámetros es saludable, ya que son ellos los que posibilitan saber donde se está realmente ubicado en una coyuntura singular. No es ese un problema en sí mismo. El punto central es que tal vez se debería utilizar esos “modelos” para orientar acciones que permitan prosperar y no solo usar esas referencias para lamentarse sin sentido.

Bajo contextos adversos, buscar soluciones se convierte en urgencia y en el apuro se pueden cometer errores groseros. Sin embargo, en la dinámica doméstica está muy arraigada la visión que sostiene que estando todo tan mal es operativamente improbable que algo pueda retroceder más.

Esa afirmación no tiene, ciertamente, ninguna clase de asidero. Se mezclan en esa consigna insustancial los irrefrenables deseos de salir del laberinto con las chances efectivas de conseguirlo de un modo sustentable.

Claro que se puede estar bastante peor. Es absolutamente factible estropear mucho más lo que hoy ya resulta inadmisible. Por intrincado que sea imaginarlo son múltiples los aspectos que hoy no forman parte del problema que podrían agravar el trance y conducir hacia un sendero de desgaste brutal a enorme velocidad.

No es buena idea desafiar la suerte. Aun en las desgracias se pueden visualizar aristas que permiten apalancar una recuperación. Estar seguros de que todo mejorará mágicamente sólo porque el presente disgusta e incómoda no es un buen análisis y podría llevar a obtener conclusiones inadecuadas.

Por eso es relevante mirar el porvenir con criterio y no caer en el simplismo de las opciones lineales. La realidad es casi siempre más compleja de lo que parece. No es que haya que ser refinado para comprender lo que ocurre. A veces entender lo que está pasando no es tan difícil, pero puede ser de una sofisticación gigantesca implementar soluciones a esos dilemas visibles.

Por esa razón sería muy bueno evaluar sin tanta premura las variantes con menos emocionalidad y con mayor racionalidad. Las apuestas espasmódicas tienden a malograrse, sobre todo cuando los efectos involucrados son de una dimensión superior.

Cuando se consideran temas menores cuyas derivaciones no generarán una tragedia se puede ser más laxo, pero si esa mecánica incluye tópicos cuyas consecuencias podrían agigantar la odisea no parece inteligente ser frívolo.

En la emergencia las determinaciones instintivas son esperables. Sin tiempo para optar, aparece lo automático y cada uno reacciona como le sale en esa instancia. Pero cuando se tiene margen suficiente para analizar, es bueno reflexionar con prudencia y decidir lo mejor.

El país atraviesa una de sus crisis terminales más profundas. No sólo el caos económico acecha y muestra su costado más despiadado, también están las otras preocupaciones estructurales que se han acrecentado a lo largo de varias décadas.

La nación está sumergida en una nómina de problemáticas de casi imposible pronta resolución. La debacle moral, el deterioro de la cultura del trabajo, la pérdida de confianza en la política, la ausencia de institucionalidad, la mediocridad de la representación social, son sólo algunos de los ingredientes que conviven con lo que emerge como más evidente.

Algunos de esos asuntos no pueden ser resueltos siquiera en el mediano plazo. Tendrán que hacerse cambios muy abruptos para que su impacto recién logre un correlato dentro de un par de generaciones y dadas las ansiedades ciudadanas habrá que ver quien tiene la paciencia imprescindible para aguardar esas transformaciones.

En definitiva, es hora de no tomarse a la ligera el presente. Nada mejorará porque sí, ni existe predestinación al éxito asegurada sólo porque los experimentos anteriores fueron fallidos. Se pueden seguir acumulando tropiezos y las malas decisiones pueden empeorar aún más todo lo conocido.

El progreso vendrá de la mano de la sensatez y no de la superficialidad o de la casualidad. Eso requiere de un talento particular, ese que no ha aparecido hasta ahora en otras etapas y que explica en buena medida la patética secuencia de fracasos que fueron completamente evitables.

Si no se cambia la impronta nada será distinto. Si la metodología para seleccionar alternativas sigue siendo la misma, no hay motivos para creer en que esta vez se ha aprendido algo. Hace falta una actitud a la altura de las demandas del momento para salir de este pozo y eso no caerá del cielo, sino que inexorablemente debe ser el devenir de una postura cívica mucho más madura.

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