Las ineludibles etapas del duelo

En épocas de tanta tensión puede resultar saludable recurrir a una analogía amigable que convoque a reflexionar profundamente. Los cambios en las reglas de juego invitan a “barajar y dar de nuevo”. Hacer una pausa puede ser una buena idea para eludir tropiezos.

Cuando sucede lo inusitado, cuando lo improbable finalmente ocurre todo muta abruptamente. En ese contexto analizar lo acontecido no es una tarea tan simple y requiere de una revisión que no debe ser superficial.

La ciencia ha intentado describir el “duelo” y existe cierto consenso de que se trata de un proceso de adaptación emocional que sigue a cualquier pérdida. Esta perspectiva completamente individual podría trasladarse a la sociedad e intentar alguna equivalencia con el comportamiento social.

Es importante captar que son muchos los que apuestan al cambio y viven esa circunstancia con entusiasmo y esperanza. No hay allí percepción negativa alguna. Muy por el contrario, abunda en ese esquema el optimismo y la ilusión con lo que pueda venir a partir de esa bisagra.

Otros, sufren en esa transición. Entienden que lo que está pasando no es bueno e intuyen que todo colapsará. Por momentos hasta desean de forma inconfesable el peor desenlace e íntimamente advierten que eso no es correcto.

Son sentimientos que entran en conflicto. Están rodeados por la angustia y la desazón. El problema es que no saben cómo administrar esa coyuntura, no logran regularse y esa impotencia los lleva a territorios impensados.

La literatura técnica tiene varias versiones, pero hay ciertas coincidencias generales respecto a cuáles son las fases del duelo. Son como una suerte de escalones que emergen secuencialmente y que cada persona la vive de una manera muy singular e intransferible.

Cada etapa involucra un trayecto inevitable. Para algunos ese período es muy extenso, casi interminable. Para otros su duración será la prevista e inclusive cierto grupo lo sorteará fugazmente casi sin identificarlo.

Si fuera factible asimilar esta misma lógica de la vida cotidiana a la política contemporánea quizás se podría explicar mejor algo de lo que está sucediendo en esta era.

La irrupción política de un “outsider” es un hecho relevante que podría compararse al del duelo, al menos para algunas personas que fueron conmovidos por esta novedad impredecible para unos cuantos.

Muchos aplauden ese aterrizaje y para ellos es una noticia fabulosa. Pero para los que no lo apoyaron es una verdadera crisis, y ese punto de inflexión posibilita un análisis que se asemeja bastante en términos de desconsuelo.

Lo primero que aparece después de la “sorpresa” son sensaciones de aturdimiento, confusión o incluso disociación, que funcionan como un mecanismo de protección ante el gran impacto que supone el cimbronazo.  En este punto, no se reconoce ni se acepta la eventualidad. En esta primera instancia, es importante conectarse con la incomodidad y expresarlo sin pudor. De lo contrario, esto podría dar lugar a una complicación mayor.

Sobreviene después la evitación y la negación que es clásica y absolutamente normal. Se niega la realidad y se reprime la expresión emocional. Poblar la agenda de actividades suele ser la mecánica para no tener descanso, abrumarse, convencerse de que está todo bien y rechazar cualquier clase de ayuda.

El objetivo principal consiste en tratar de tomar consciencia de la negación e ir reduciendo las estrategias de evitación, para, poco a poco, ir reconociendo la pérdida y gestionando la dolencia. La labor esencial es reconocer lo que pasa, aceptar y comprender lo que resulta elocuente. No hacerlo del modo adecuado complica el escenario y hasta puede ser autodestructivo.

Luego aparece la ira, que viene de la mano de la rabia y la envidia, de la hostilidad y de las conductas inaceptables. La escala posterior es la de la depresión que convive con la tristeza, la apatía y la desesperanza.

En ese marco cabe reaccionar con inteligencia. Reflexionar a pesar de las molestias y la bronca. Hay que avanzar ya que si eso no se consigue cabe la chance de entrar en un círculo vicioso y desencadenar una marcha absolutamente crónica.

El último de los ciclos es la transformación. Aparece la reorganización del mundo interior y una acción positiva enfocada en superar el trance y dar vuelta la página inclusive identificando las oportunidades que brinda un hecho que duele pero que tal vez permita un crecimiento imprescindible.

Hoy en la política es posible visualizar ese correlato directo. Hay que pasar por las fases sin temor. No se pueden ni deben esquivar. No es bueno saltarse estos hitos, ya que hacerlo probablemente sea mucho peor que transitarlos con serenidad a pesar del mal trago.

Los que “no la ven”, los que se enojan con el presente, los que no leen lo que está ocurriendo, deberían detenerse a pensar sobre esta analogía que puede contribuir a comprender mejor esta dinámica disruptiva que pocos consiguen conceptualizar con claridad.

Puede que moleste, puede ser que incomode, pero es hora de “hacer clic” para ponerse en positivo y mirar el futuro con otra actitud más constructiva. Flagelarse no es el camino. La realidad no cambiará por un berrinche o por capricho infantil. Hay que madurar. Es difícil pero quizás valga la pena.

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